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Hoy os voy a contar un cuento.
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Bueno, en realidad es Mos quien os lo va a contar, porque él es el autor, yo solo he hecho las ilustraciones que lo acompañan.
Ya veréis que es un cuento para todos los públicos, contado con mucha
ternura y repleto de personajes que no se rinden fácilmente y que...
...pero mejor me callo ¿no? o acabaré contando el cuento yo :-)
En fin, que lo vais a disfrutar, porque Mos sabe mucho de esto,
sorprendente espacio poético y literario.
( muchas gracias Mos, por estar ahí, por escribir como escribes y por
proponerme este maravilloso reto de ponerles cara a tus personajes )
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Pero vamos ya a por el cuento,
vamos ya a saber qué sucede en...
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LA COMUNIDAD DE LA ROPA
Cuando su dueño volvió a dejarlo en el perchero del armario,
chaquetón de paño azul marino no pudo evitar pronunciar lo
que desde hace tiempo sabía: “Compañeros, me quedan
pocos días de estar con vosotros; el lunes me llevarán al
montón de ropa usada que hay a las puertas de la iglesia”.
El resto de las prendas que ocupaban los estantes, perchas y cajones dejaron
escapar un ¡ooooh! lleno de sorpresa y tristeza a la vez. “No es posible,
no es posible”, repetía, entre sollozos, chaqueta roja de terciopelo mientras
apoyaba su cuello sobre el hombro de chaquetón. “¡No pueden separarnos!
Habíamos planeado casarnos cuando pasara el invierno. ¿Qué va a ser de mí, si tú no estás?”.
Chaquetón de paño azul marino intentaba consolarle acariciando con su manga
el suave tacto de la espalda de ella. “No llores, el señor se ha cansado ya de mí;
dice que mi color está pasado de moda y, por si fuera poco, se ha dado cuenta de la
quemadura de cigarrillo que tengo en la manga”. “Eso es injusto, siempre igual, -se oyó decir
a gabardina gris desde cinco perchas más allá.- Nos quieren mientras lucimos buen aspecto;
después nos abandonan en cualquier esquina”. “Tenemos que pensar en algo”, gritó traje beige
de lino desde el otro lado del armario. “Que se reúna el consejo y tome una determinación
antes de que vuelvan nuestros amos”, añadió una elegante bata de seda muy disgustada con lo que oía.
Los señores de la casa acababan de marcharse para todo el fin de semana. Hasta el domingo por la noche no volverían. Sabían que era así porque faltaba parte del vestuario y vieron cómo preparaban las maletas.
Dos jerseys de cuello alto, muy contentos ellos, les comentaron a sus amigas las camisas que se iban con sus dueños a esquiar a la nieve.
El consejo de los armarios y la ropa de hogar estaba formado por seis miembros: tres prendas de vestir (un vestido de noche, un pantalón vaquero y un chándal), y tres de ropa de hogar (un edredón nórdico, una toalla de baño y un mantel bordado). Lo presidía el más anciano del vestuario: chaleco de pana negra, perteneciente al abuelo de la familia que, de vez en cuando, pasaba temporadas en la casa.

Tras varias horas discutiendo qué plan sería el mejor para salvar a chaquetón de paño, chaleco de pana, que también era el más sabio, propuso una solución de emergencia que requería el esfuerzo de todos. La idea, aunque nunca puesta en práctica, fue muy aplaudida por la mayoría. Mas no había tiempo que perder si querían terminar la misión con éxito antes que volvieran los humanos.
Se corrió la voz por toda la casa. De los cuatro armarios del hogar salieron prendas dispuestas a colaborar con aquella idea un tanto disparatada.
Lo primero era reunir varias hebras de hilo del mismo color y grosor que las de chaquetón de paño. Con ello, se cubriría el roto de la quemadura. Pronto se formó una fila de voluntarios que se desprendieron de varios hilos azul marino. Por querer ayudar, hasta una sábana blanca y una falda rosa se arrancaron varios hilos pero, amablemente, les dijeron que no era necesaria su donación. La aguja más experta de la caja de costura quiso colaborar en la misión, siendo ella misma la que cosiera la manga de chaquetón. Coser y tapar el roto llevó varios minutos. Quedó impecable y todos felicitaron a su vecina la aguja por la labor realizada. Entre varios alfileres la llevaron en volandas hasta la almohadilla donde siempre descansaba.
Quedaba lo más complicado: la parte del plan en la que chaquetón de paño azul marino debía conseguir un color más vivo, un aspecto mejor. “No te preocupes amigo, -le dijeron dos jerseys, una bufanda y tres pantalones azules como él-. Métete con nosotros en la lavadora y desteñiremos algo de nuestro color para dártelo a ti”. Chaquetón de paño tenía miedo; nunca había probado la lavadora para su limpieza.

Pero las ganas de seguir en la casa junto a chaqueta roja hicieron que se armara de valor y entrase en el bombo. Aguantó todo el lavado sin rechistar; eso sí, con los ojos cerrados. Con tanta vuelta, salió algo mareado. Cuando se recuperó del susto, entre albornoz de felpa y pijama de algodón lo colgaron de una percha en la barra de la cortina del baño. Ahora sólo quedaba esperar que se secara y ver los resultados al día siguiente.
Toalla de lavabo fue la primera en dar la noticia el domingo por la mañana. “¡Como nuevo, como nuevo!,-gritaba desde el pasillo. “Parece más joven”,- insistía sonriente cortina de baño. “Traédmelo, -dijo tabla de planchar-, entre plancha de vapor y yo terminaremos la tarea dándole el toque final”.
Chaquetón de paño azul marino recobró un aspecto de lo más elegante. Cuando se miró al espejo, emocionado, agradeció a todos la labor de salvamento y el apoyo recibido. Volvió a su armario, entre los aplausos de multitud de prendas. Allí encontró a chaqueta roja de terciopelo esperándole en un rincón, algo abatida. La alegría de los dos fue inmensa al verse; el resto del día lo pasaron entre abrazos y caricias. Las prendas de la comunidad de la ropa se marcharon a su sitio y guardaron silencio. No querían estropearles el momento.

Al llegar la noche, la familia de la casa regresó de su estancia en la nieve. Tras instalarse de nuevo, el señor volvió a comentar a la señora que debería llevar el chaquetón de paño al montón de ropa usada cuanto antes.
Cuando la señora abrió el armario de su cuarto, vio un chaquetón en perfecto estado. Era ridículo desprenderse de él; su marido era demasiado caprichoso y coqueto. Tal vez por eso, lo único que hizo fue cambiarlo de armario para que él no lo viera. También trasladó a chaqueta roja de terciopelo. Así tendría el armario de su cuarto más desahogado.
En fin amigos, hoy día, chaquetón y chaqueta siguen juntos bajo el mismo techo. Y esperan que sea así para mucho, mucho, mucho tiempo.
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Texto: Ceferino Otálora "Mos"
Dibujos: Ximo Segarra "Acapu"
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